Los niños y la naturaleza

No sé si por suerte o por desgracia, me tocó vivir el cambio de milenio, y con una esencia más analógica que la mayoría de los que pertenecen a mi quinta. Incluso más tradicional, más del siglo XX que del XXI, me atrevo a decir.

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La montaña de Sainte-Victoire. Paul Cézanne. 1904. Óleo sobre lienzo.

Nací en un lugar que cualquier habitante de ciudad llamaría el medio de la nada sin equivocarse demasiado, y sinceramente, es algo de lo que no me arrepiento. Ello me permitió un nivel de sensibilidad mucho mayor que el de la mayoría de niños de mi generación que, sumidos en una ocupación artificial destructora de pensamiento y crítica individual, no eran capaces de ver más lejos de lo que les permitían sus ojos ni tener aprecio por sus orígenes. Y con esto quiero decir que, simplemente, el contacto continuado con la naturaleza hace que seamos más sensibles a ella, como un sexto sentido que funciona en reminiscencia de la génesis de la humanidad y de sus instintos básicos.

Este sexto sentido tiene diversas funciones, entre ellas, la imaginación como método de supervivencia ante el tedio y la soledad. Se desarrolla al verse el infante sin otro tipo de ocupaciones que las de leer lo que le cae en las manos, -periódicos, revistas, folletos, y si se da la casualidad, algún cuento-  hacer un par de operaciones aritméticas, dibujar, jugar con animales -desde perros hasta cualquier tipo de res- y observar la inmensidad del cielo, el paisaje y todo tipo de minucias que a diario pasan desapercibidas por cualquiera. Estos elementos conectan, sin duda, la mente de cualquier niño con la naturaleza hasta puntos que a cualquiera persona normal y adulta le costaría comprender.

La conexión se manifiesta en acciones, la imaginación e incluso sueños. Las acciones son claras, desarrollan su instinto de supervivencia, su facilidad para solucionar cualquier problema por resolver, y más de una vez oí en boca de un pediatra que los niños de pueblo aprenden con más facilidad que los de ciudad justo por esa habilidad que tienen a la hora de encontrarse con la naturaleza. La cuna de la imaginación desarrolla comportamientos como el famoso amigo imaginario a falta de amigos, y a falta también de enemigos, desarrolla enemigos imaginarios. Estos personajes hasta terminan por ser, recordando un poco a Fernando Pessoa, heterónimos. En mi caso, tenía una amiga imaginaria colombiana, Marisol, que venía cada verano a jugar con mis perros; el Coco, tan temido por la mayoría de los niños, era mi amigo, vivía en el desván, me recomendaba libros, y de vez en cuando, me enseñaba fotografías de sus viajes; la bruja, que vivía en una fraga de eucaliptos que hay delante de mi casa, era la maldad personificada y me prohibía terminantemente acercarme a su territorio ante castigo eterno; y había muchos más que darían para otro ensayo. Por último, los sueños y su intensidad pueden ser como auténticas películas, y a veces rozar la realidad, convirtiéndose en auténticas vivencias que pueden marcar el proceder del sujeto en cuestión. Sea destacable que el sueño, a trama más enrevesada, imaginación más potente. Por eso se dice que de niño se sueña más, por la imaginación que le trae ese mayor contacto con la naturaleza y ese desconocimiento infantil del mundo artificial debido a existir como una manifestación de lo más cercano a lo natural, a los instintos, a los orígenes, al hecho de nacer en sí mismo.

Dicho esto, viene la duda: ¿Toda esa imaginación se llega a perder? Por desgracia, sí. La llegada de la racionalidad pareja a la madurez elimina a tiro de escopeta, uno a uno, todos los elementos anteriores, y en muchos casos, la ansia de naturaleza. Aún así, ella pervive dentro de nosotros como una conexión ancestral, como un ente interno que se manifiesta más en la infancia, cuando llorar por un árbol es tan fácil como llorar por un juguete. Y aunque desaparezca todo ese mecanismo que anteriormente proporcionó para sobrevivir al aburrimiento, el eslabón que está presente entre ella y nosotros pervive tanto en ciudadanos como en aldeanos, aunque se está difuminando. Cuando se ve que perdura más el interés económico, el egoísmo y la envidia y cuando se ve que un euro es mejor que un bosque o que la vida de animales en peligro de extinción, es que la naturaleza está perdiendo el contacto con nosotros. Y lo pagaremos caro.

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